Tuesday, August 09, 2005

Los planes atómicos de Brasil y Argentina

El analista internacional de Clarín, Oscar Raúl Cardoso, describe la "carrera atómica" que libraron Argentina y Brasil bajo las últimas dictaduras militares. En el caso argentino, el entonces encargado del organismo de energía atómica nacional, contralmirante Carlos Castro Madero, propuso al gobierno de Raúl Alfonsín (que sucedió al régimen militar derrotado en la guerra de Las Malvinas), propuso continuar adelante el programa nuclear con fines bélicos a cambio de una amnistía general a los militares involucrados en la "guerra sucia" entre 1976 y 1983.

El análisis de Cardoso:

LOS PLANES ATOMICOS DE LAS DICTADURAS DE BRASIL Y ARGENTINA

Una carrera secreta entre vecinos


En 1986 es probable que al entonces presidente José Sarney no le quedara otro camino que hacer lo que ahora confesó que hizo: mentir en voz alta sobre el costado bélico del programa nuclear brasileño. Pero ni aun entonces engañó demasiado a nadie:la ambición de la poderosa corporación militar de su país de ingresar al club nuclear era apenas un secreto a voces.No era diferente de la que tenían los uniformados argentinos, aunque las estimaciones de los expertos ubicaban a la Argentina más cerca del dominio del ciclo completo de combustible atómico, paso tecnológico fundamental para dotar los arsenales con esa clase de arma de destrucción masiva. Los argentinos aun estaban avanzando, además, en el desarrollo del misil “Cóndor”, un “sistema de entrega” de los eventuales explosivos nucleares que hubiese alterado radicalmente la seguridad regional.Los tiempos habían cambiado a pesar de que los uniformados de uno y otro lado de la frontera común no podían digerir las consecuencias de su propio derrumbe e intentaban mantener vivos los respectivos planes.En Brasil, Sarney se desayunó ese año que un proyecto de excavación en el Estado de Pará estaba destinado a una prueba subterránea de la futura bomba. En la Argentina, tres años antes, un vicealmirante, Carlos Castro Madero, que durante casi toda la dictadura había estado al frente de la Comisión Nacional de Energía Atómica, le entregó a Raúl Alfonsín la papa caliente de la cercanía de un artefacto nuclear nacional que el poder militar siempre había desmentido como objetivo.Castro Madero, respetado físico formado en el Instituto Tecnológico de Massachussets, fue considerado como una de las escasas continuidades que la nueva democracia podía aceptar como herencia de la dictadura.Aunque la historia no se conoce de modo acabado, la opción Castro Madero fue desechada por dos razones: una de ellas fue la novedad y la otra es que el almirante puso un precio excesivo a su trabajo: una amnistía general para la represión paraestatal.No es casual que, cuando la Argentina y Brasil se aproximaron en 1985 en la reunión de Alf o n s í n y Sarney en Foz de Iguazú, las delegaciones incluyeran una Declaración Conjunta sobre Política Nuclear, texto que marcó el inicio de la política de abrir cada programa nuclear nacional al control del otro.Aquella cumbre, puede verse ahora, hizo mucho más que sentar las bases para lo que luego sería el Mercosur. Alfonsín y Sarney coincidieron en varias necesidades: aliviar la presión internacional sobre los dos países por la sospecha atómica, reducir una tensión castrense binacional pero, por sobre todo, hacer tiempo mientras desmontaban la influencia –y aun la amenaza– de los militares a la estabilidad de sus gobiernos.Sarney se enteró de los planes de sus militares tras firmar este documento, pero el proceso era ya irreversible y lo completaron Carlos Menem y Fernando Collor de Mello. Estos últimos tuvieron pasión por el desmonte según la demanda de los países centrales y, en el caso argentino, esto supuso la entrega irreflexiva de una parte importante del avance científico nacional.

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